Bahía, entre los temores de muchos, la esperanza de pocos y el orgullo de todos
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La audaz decisión de apostar a un joven equipo, finalmente resultó todo un éxito. El proyecto de Bahía Basket movilizó a la ciudad en base a las victorias. El cuarto puesto en la Liga Nacional es una posición casi heroica.

Por Fernando Rodríguez / Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla

La imagen de la intimidad del vestuario de Ferro decía más que mil palabras. Lucio Redivo, en la punta de un banco, contra la pared, se cortaba el estribo de cinta que recubría uno de sus tobillos, al tiempo que insistía por lo bajo: “Fui un desastre... Fui un desastre”.

La tapa de Marcos Mata que interfirió su último lanzamiento había finalizado con toda ilusión. Claro que el propio Lucio, con un tiro casi calcado, en Junín, fue responsable para traer la serie a Bahía Blanca y definir en quinto ante Argentino.

Gastón Whelan, sacando las pocas fuerzas que le quedaban, aunque ratificando su liderazgo -faceta que potenció notablemente, a pesar de sus 21 años- se encargó de levantar al tirador: “Vení, p..., parate, vamos”. Y se estrecharon en un abrazo.

Con la cabeza escondida entre sus piernas y la mirada clavada en el piso, Anthony Johnson no se movía de su lugar, mientras que Jamaal Levy estaba “perdido”, observando fijo la pared, sin ver nada. Difícil encontrar dos extranjeros con tanto compromiso y sentimiento. Nada fue casual.

El resto, con ojos vidriosos, no se animaba a cruzar la puerta. El saludo con algunos familiares, amigos o seguidores, sería el desencadenante de todo lo contenido.

Así le pasó a Sepo Ginóbili, un técnico caracterizado por su equilibrio emocional, en las buenas y en las malas, al que esta vez lo había invadido la congoja.

“Teníamos el partido en el bolsillo”, sintetizó.

Bahía Basket finalizaba su mejor temporada. Y Pepe Sánchez, el mentor de todo esto, quien se propuso este desafío hace varios años, recibía las correspondientes felicitaciones.

La ciudad, mientras tanto, aun ante la derrota aplaudía a la distancia, valorando este proyecto. En base, justamente a resultados, Bahía volvió a latir con el básquetbol. Acaso, incluidos muchos de los mismos que le dieron la espalda al proyecto en sus años de menos esplendor, después de las dos primeras temporadas que todavía contaba con jugadores de por sí convocantes como Pepe y Juan Espil.

En medio, hubo un período de prueba y error.

Llevó tres temporadas de dudas y de rendir examen permanente por las decisiones que, en función de los resultados inmediatos y sin medir costo/beneficio, parecían incorrectas.

Ahora bien, en dos ligas sin descensos, Bahía aprovechó para fortalecer a los jóvenes, tamizar su plantel y, finalmente, desprenderse de jugadores que a los ojos ajenos algunos parecían imprescindibles.

Invirtió tiempo, trabajo y minutos en cancha en pibes que reclutó con el ojo biónico de Pepe Sánchez y que los potenciaron entre todos, en el día a día, desde el silencio. Haciendo mucho menos ruido que San Lorenzo, ese rival al que tuvieron al borde del fracaso.

Todo esto movilizó a una ciudad que en los últimos años miró de reojo el proyecto, juzgando más que apoyando y menospreciando más que valorando.

Aunque todo llega.

Y la ciudad, encolumnada detrás del éxito, “redescubrió” al proyecto Bahía Basket, a la Liga Nacional y a un equipo llamado a marcar una época, como tantas otras del deporte distintivo de nuestro medio.

Enhorabuena que así se entienda.

Lo que dejó la '15-16

Todo lo que sumó para un final feliz

Calidad. Las incorporaciones de Santiago Vaulet y Facundo Corvalán, juveniles de selección nacional, ayudaron para alargar el equipo y conseguir el bicampeonato de la Liga de Desarrollo.

Convencimiento. La tranquilidad de Sepo Ginóbili para transmitir que la línea de juego está por encima del resultado.

A la cabeza. La ascendencia de Pepe Sánchez para insistir en busca de la excelencia individual.

A los 38 años. La experiencia de Hernán Jasen, pregonando con su ejemplo, respaldando a los más jóvenes y siendo otra voz para el cuerpo técnico.

Doble mérito. El acierto de sumar a Anthony Johnson, un jugador que terminó siendo referencia en la pintura, y la capacidad de adaptación de Jamaal Levy.

Entre todos. El crecimiento de los chicos para meterse en la rotación. La solvencia de Whelan para conducir y la capacidad de Redivo para absorber su rol de tirador.

En silencio. Los trabajos individuales de postemporada, cuando el resto disfrutaba de sus vacaciones.

Sensaciones. La respuesta del público en los partidos decisivos, superó las expectativas y generó, una vez más, la nostalgia de haber dejado pasar aquella posibilidad de tener un estadio multipropósito.

Fuente y foto: La Nueva.

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